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Ago 14, 2019 / 08:00
Evangelio del Día
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Miércoles de la decimonovena semana del Tiempo Ordinario
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Evangelio según San Mateo 18,15-20.
Jesús dijo a sus discipulos:
Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.
Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Bulle

San Cipriano (c. 200-258)
obispo de Cartago y mártir
Sobre la unidad de la Iglesia, 12

«Yo estoy allí en medio de ellos»
El Señor ha dicho: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Con esto nos quiere enseñar que no es a causa del número más o menos grande de los que oran, sino su unanimidad lo que hace que obtengan el mayor número de gracias. «Si sobre la tierra dos de entre vosotros unen su voces»: Cristo señala en primer término la unidad de las almas, pone como primero la concordia y la paz. Que haya un acuerdo total entre nosotros es lo que el Señor nos ha enseñado de manera firme y constante. Ahora bien, ¿cómo ponerse de acuerdo con otro si uno de ellos no está de acuerdo con el cuerpo de la Iglesia ni con el conjunto de los fieles?... El Señor habla de su Iglesia, habla de los que están en la Iglesia: si están de acuerdo entre ellos, si hacen su oración de manera conforme a las recomendaciones y consejos de ésa, es decir, aunque sean tan sólo dos o tres los que oran con unanimidad, entonces estos dos o tres, pueden obtener lo que piden a la majestad de Dios.
«Sea donde sea, donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»: es decir, está con los pacíficos y los sencillos, con los que temen a Dios y observan sus mandamientos. Dice que está con sólo dos o tres tal como estaba con los tres jóvenes en el horno; porque permanecieron sencillos con Dios y unidos entre ellos, los reconfortó con un frescor de rocío en medio de las llamas (Dn 3,50). Lo mismo ocurrió con los apóstoles encerrados en la cárcel; porque eran sencillos, porque estaban unidos y concordes, les asistió, rompió las puertas de su mazmorra (Hch 5,19)... Cuando Cristo puso entre sus preceptos esta frase: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», no separó a las personas de la Iglesia que él mismo había instituido. Pero reprocha a los extraviados su discordancia y recomienda la paz a sus fieles.




«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él»
Mt 18, 15-20.


El texto de hoy expresa cual debe ser la actitud que debemos tomar ante el hermano que ha cometido pecado.

Primero debemos comprender al hermano, tengamos en cuenta que cualquiera de nosotros puede caer en el pecado.

Segundo, debemos advertir del daño que estamos causando; recordemos que el pecado daña nuestra relación no solo con Dios, sino también con los demás y con nosotros mismos.

Por último reprenderle -sin caer en juzgar, recordemos que eso le toca al justo juez no a nosotros. Esto nos debe llevar a guiar al hermano por buen camino antes de que se pierda.

Es necesario advertir al malvado de su mala conducta, si esto no se hace él morirá y a nosotros se nos pedirá cuenta de su muerte; si se lo decimos y no escucha él morirá pero nosotros habremos salvado nuestra alma (cfr. Ez 33, 7-9).

Hagamos de la corrección fraterna un estilo de vida que nos permita acercar a otros a Dios formar sin olvidarnos que también nosotros debemos escuchar al que busca ayudarnos. No sólo queramos ayudar y no nos dejemos ayudar.

Escuchemos, hoy la voz del Señor y no endurezcamos nuestro corazón (cfr. Sal 95, 8).

Oremos para que Dios nos ayude y podamos hacer todo por amor y no por soberbia. El escucha nuestra oración si invocamos su nombre.

Feliz Miércoles.


CD/GL/YC

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