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Crónicas Ausentes
“He aquí al hombre educado”
Lenin Torres Antonio
Ene 13, 2020 / 12:02
“ECCE VIR EDUCATED”
(“He aquí al hombre educado”)

Prolegómeno a una nueva visión de la naturaleza humana

Ninguna ciencia ha querido conocer
la categoría más objetiva del conocimiento,
la del que conoce.
Berkeley Principio del conocimiento

Lo Imposible:

Todo lo escrito sobre el hombre es una “gaya de fe” de la posibilidad de saber de él mismo, y además que ese saber es posible trasmitirlo, y que éste cause efectos en la realidad humana, “un decir” que necesariamente se valida en “lo dicho por el otro”.
No obstante, el saber de “ella”, congratula, y más si es “gaya de fe”, puesto que lo primero que refleja es una voluntad ciega que habla siempre de la historia de quienes la escriben, o cuando menos, es el relato de un nacimiento fallido; porque se construye desde un saber que no se sabe más que en un movimiento hacia sí mismo, para posterior, asumir su ajenidad en un movimiento hacia sí mismo de sí mismo en un otro que lo niega.
Nos percatamos de nosotros sólo en un momento posterior, al darnos cuenta que “no somos eso que creíamos ser”, y que la única posibilidad de “ser uno mismo”, es asumiendo en nuestras manos la propia muerte, negando con ello que se cumpla en lo sintético a priori el final de nuestros huesos y la libertad de nuestras almas.

A propósito de lo que creíamos que era la univoca forma universal del hombre, y la incómoda singularidad a ultranza de la condición Humana:
Inevitablemente el agotamiento de la teoría clásica desde dónde habíamos hablado de la naturaleza humana ha sido insuficiente para dar cuenta de ella, se abre un parteaguas y se demanda una reactualización conceptual que demanda el agotamiento propio de los pilares en que había construido, razón, civilidad, comunidad, y paideia, pensando en la desmitificación y la posible re significación del concepto del hombre y su epistemología.
El saber del hombre implica siempre una contradicción, una búsqueda frustrada de un lugar irreconocible y mortal que se impone a la gaya esperanza que nos sitúa iluminados y cognoscibles, por lo que es y será una eterna búsqueda y lucha entre lo que se espera que se sea y lo que no se es, una contradicción mortal.
El saber sobre la naturaleza humana siempre hemos creído que estamos en su posesión, y que la condición racional y comunitaria son sus características esenciales con que debemos describirla y definirla. Aunque la historia del hombre sea la historia de sus luchas, de sus tensiones tanto internas como externas, que han dejado a lo largo de nuestra existencia más penas que glorias, más muertes por las propias manos humanas que por la naturaleza (physis).
Una historia de exabruptos y desosiego, de tragedia y comic, dejándonos casi siempre “una sonrisilla como especie de mueca”, y en la orfandad desnaturalizada, en un imposible volver por el mismo camino sin la posibilidad de que se sostenga nada de eso que nos hacía sentirnos orgullosos y exclusivos; matar por placer, amar anulando al otro en esa búsqueda estructural de completud fundante, la triste historia de una ser que sólo encuentra la felicidad y la completud con la muerte.
Cómo vamos a saber de nosotros si nunca nos hemos buscado, nacimos sin marca y la marca que se nos impone la cargamos sin pena ni gloria, siempre con un malestar porque esa marca significa el displacer, la renuncia temprana de la gloria, nuestro cuerpo, y después darnos migajas a través de renuncias y más renuncias, alejándonos cada día del lugar sin tachaduras, a través de una gramática que dicta lo que es bueno y malo, incluso con la pretensión que siempre fracasa de sustituir al deseo a través de la letra, el concepto, los significantes.
La pregunta, qué es el ser humano, podríamos muy bien responderla diciendo que es “un ser prejuicioso”, y que en cierta forma, “el prejuicio” es una de sus características principales, esto implicaría que posee una gran imaginación, e incluso podríamos pensar (imaginar) que ha vivido dentro de esa imaginación, y ha hecho realidad esa imaginación construyendo comportamientos y formas de vida humana que tiene que ver con esos prejuicios y que por mucho que hemos tratado de separar los prejuicios de la razón o del juicio, diciendo que estos son parte de una especie de superficie, que no es importante para el ser humano, vemos que esto no es así, que al final de cuentas es la parte central de su vida cotidiana, incluso de su vida intelectual.
El miedo a la muerte provocó una gran producción imaginativa en el hombre, y de ahí devino el concepto, los pensamientos racionales, leyes y los axiomas. Aunque como bien lo señala Hume, la conexión necesaria que permite que toda “q” anteceda a “p”, “p entonces q”, es construido a partir de esa consetudinariedad (costumbre), de esos que los sentidos les aportan, quedando la conexión necesaria en tela de juicio y trastocando la certeza con que hemos pensando que, con la ciencia, la cientificidad podríamos desvelar los enigmas de la vida humana y de la realidad externa con la seguridad que lo dicho por la ciencia sería verdades indubitables.
Descartes nos puso en la vanagloria de un criterio de verdad que permitía a partir de algo indubitable, el acto del pensar, cogito ergo sum (pienso luego existo) garantizar el andamiaje de la cientificidad, surge pues el pensamiento científico con su método inductivo-deductivo, preverse desde lo experimental con una comprobación que bien podríamos describirla percepción-conciencia, causalidad-universalidad como el principal paradigma que hemos construido para hablar de verdad y certeza en lo cognoscente del ser humano. Si bien es cierto, ese paradigma se ha movido bien y ha tenido que ver en los avances del mundo que hemos construido, la idea de mundo y sociedad, los asuntos de lo humano no terminaron ni se despejaron los velos, principalmente sobre los fines de la vida humana ni sobre el significado del hombre, ecce home, no es una alegoría a la armonía ni a la educación.
La idea de hombre se topa con su misma complejidad, por lo que el viejo paradigma de la cientificidad a ultranza es insuficiente para dar cuenta de eso indefinido y complejo, movible y especulativo del ser humano. Demandando nueva narrativa incluyente y sospechosadora, orillada por las ciencias especulativas y la idea de un hombre en falta estructural, se es lo que no se es, no se es lo que se es.

La Gran Mentira:
“Conócete a ti mismo” es la irrupción del logos como instrumento de conocimiento, es el entrampamiento del ser en el signo, es la enajenación fáctica y la resurrección de Apolo, la razón desmesurada, y el la impuesta del velo del lenguaje, o la mediación del signo para acercarnos al ser, que paradójicamente, nos ha alejarnos del ser.
Y como denuncia Nietzsche, es el sendero en que nos puso Sócrates, la inocencia perdida, la abstracción desmedida y la gloria del logos, el abandono del cuerpo, y la emergencia de un sujeto “completado” por la ciencia.
En contrapartida, epimeleia, el cuidado de uno mismo, el desplazamiento de la mirada a la mirada del otro para permitir sentirse, sentirnos, para no hablar tan sólo de uno mismo, para no anunciarse y despedirse de una verdad o prótesis impuesta.
Rescatar al sujeto que ha transitado del “cuidado de si” al conocimiento, una verdad intima, donde Dionisio dormitaba arriba de un tigre, sin que esa embriagues significara perderse en el infinito, sino ser lo infinito.
“El cuidado de si” no era usurado por la temporalidad, en contra partida, “el conocimiento de si” era la historización del sujeto, es el espacio determinado por lo posible, ya que la historia es acumulación del lenguaje en una determinación fatal, porque no hay salida más que en el no ser, que es la última verdad reconocida a fuerza.
Espíritu, psique versus mente, comportamiento, conciencia, cognición, cerebro, incluso universo mecánico versus universo orgánico, vivo; ciencia objetiva incapaz de transformar al sujeto por medio de su propia verdad, intento de transformar objetos donde la única verdad es el de la ciencia.
Nietzsche junto con Marx y Freud denuncian los enmascaramientos del lenguaje y transforman la aparente “profundidad” en mera superficie.
Un alto a quienes han tomado posición negativa ante la vida.
“Aquella ecuación socrática razón=virtud=felicidad, la más extravagante que ha existido, que tiene particularmente contra sí todos los instintos de los antiguos helenos”. (Nietzsche, F. 1998)
“Razón=virtud=felicidad significa simplemente: debemos ser como Sócrates y levantar una luz permanente contra las tinieblas; la luz de la razón. El hombre debe ser a toda costa claro, sereno, perspicaz, ya que cada concesión a los instintos conduce a lo desconocido, a lo inconsciente”. (Nietzsche, 1998)
En suma, hay que combatir los instintos.
“Nadie era dueño de sí mismo, los instintos se volvían unos contra otros”. (Nietzsche, F. 1998)
“Extirpar (la sensualidad, el orgullo, el afán de poder, la sed de venganza, la codicia). Pero extirpar las pasiones de raíz equivale a extirpar la vida de raíz…”. (Nietzsche, F. 1998)
¡Encontrar en la oscuridad y el temor a la enfermedad los brillos de la vida!, por eso no debe espantarnos el sufrimiento de Nietzsche, pues supo, como ningún otro, asumir su propia labilidad, su insignificancia, su condición de enfermo-muerto. No por nada llega a predicar que el cuerpo es la real persona, el cuerpo donde deja su huella la vida, donde se oculta el ánimo, donde hay sabiduría, donde se reflejan nuestras glorias y fracasos, donde se libran nuestras mejores batallas, hasta las intelectuales, donde se vierte el llanto de nuestros seres queridos al final de nuestras vidas. Principalmente el cuerpo enfermo. Es Foucault, quien nos recuerda que se hace necesario.
Lo que hasta ahora ha tomado en serio la humanidad no son ni siquiera realidades, sino simples productos de la imaginación, o, más exactamente, mentiras surgidas de los malos instintos de los seres enfermos y nocivos en su sentido más profundo. Me refiero a conceptos tales como: <>, <>, <>, <>, <>, <>, <> (...) con todo, se ha creído ver en ellos la grandeza, la <> del ser humano (...) se ha aprendido a despreciar las cosas <>, es decir, las cuestiones fundamentales de la propia vida (Nietzsche, F. 1998).
Lo no-natural se agarra al cuerpo para darse vida, para exponer su arbitrariedad. Urge un cambio de fuente, de la razón que hacía ver al cuerpo desnaturalizado, al afecto que hace ver la razón des-legitimada, impotente, como la sonrisa sin el rostro, como un anillo sin dedos.
La insistencia de Nietzsche en hablar de cuerpo, instinto, voluntad o afecto, tiene por objeto desplazar el discurso del campo privativo de la razón a dimensiones afectivas y de la sensibilidad (Hopenhayn, M. 1997).

Genealogía (el camino del engaño):
Hemos partido de la oralidad, del mito, que devino en lo escrito, en la captura por el concepto. Después, vino el signo y el acercamiento a pensamientos abstractos, así inmovilizamos la imagen y los hechos.
Paulatinamente se fue construyendo el saber del hombre, transito de lo escuchado, al visto y graficado, y los porteadores de ese tránsito, pasaron de los cánticos a la discusión retórica, hasta que al fin apareció el logos, el signo.
Pero ese camino no dejo de tener un entrecruces, y se fuera del mito al logos, y viceversa, que se sirviera de la imagen para hablar de razones generales, y que el saber se resumiera tanto en lo logo del mito, como de lo mítico del logo. Sólo así podíamos justificar el contubernio del que sólo hablaba (Sócrates) con el que sólo escribía (Platón), sólo así podíamos entender de plano el mito del logos.
En el diálogo hecho texto, pudimos aun percatarnos de las discusiones, los personajes, el mensaje, el acertijo, el ser que se asomaba, la noción que implicaba, y fundamentalmente, una noción del hombre, que siempre terminaba siendo un íntimo del amor, Eros. Pero no tan sólo nos dimos cuenta de que un dios cargaba con toda la responsabilidad, sino también lo que de él descubría y definía al lector, lo que se transparentaba. Fue así como vimos a un sujeto que cargaba un dios en sus extrañas, el deseo, sí, el mismísimo Eros, y todas sus consecuencias, sus vericuetos, sus malas compañías: Thánatos.
En principio se sabía que Eros era simple deseo, simple pulsión, unión, y que debería tender hacia el bien, según el propio Platón lo anunciaba desde las alturas del saber, del bien. Pero aún no nos habíamos percatado de que ese destino pisaría terrenos difusos hasta toparse con la nada, con el no ser, con la imposibilidad de la continuidad del ser, de terminar el vía crucis de lo siempre provisional y lo carente constitutivo.
Pero ese fin conllevaba la oportunidad de la eternidad, de la posibilidad de la inmortalidad, en esa descendencia que siempre hace que el ser se empeñe en seguir siendo, procreación oportuna y salvadora. Se repite la constante del ser, ser en el otro, otro que mantiene en su presencia la existencia del otro, y en ese deseo que se desliza buscando anclarse para ser completo y feliz, amante amado, amado amante, no por nada nos reconocemos más que en esa dependencia que esclaviza nuestras intenciones y nos hace unos eternos trágicos, encuentro de dos faltas, de dos carencias, que siempre tienen la ilusión de que han encontrado el uno en el otro la aversión por la oscuridad, el otro en el uno, la simpatía por la ciudades luminosas.
Eros versus Thánatos, pues sólo en esa experiencia final de satisfacción el sujeto completa la búsqueda, no por nada el conocimiento es paranoico, pues la búsqueda se vuelve frenético, sin paz, en guerra. Pero no desesperemos, pues hay algo que decir a favor de Eros, el Amor, el lazo afectivo, la buena intención, la propensión hacia el bienestar, hacía el bien. Cuando menos es recurrente creer que es así, y que la vida no es un sufrir, sufrir, la cruz, la cruz. Aunque tengamos que aceptar que somos sujetos escindidos, incompletos. Inscripción del individuo en la sujeción, en la subjetividad. Esa relación frustrada de “dar lo que no se tiene”, no es fortuita ni mucho menos ociosa, hay siempre creatividad hasta en la pérdida, hasta en la imposibilidad. Pues en esas sustituciones de objetos, de deseos provisionales que nos acercan, cuando menos nos dan la esperanza de que algún día la meta se cumpla, de que estemos completos, el hombre crea y se recrea en lo hecho, en el hacer de esos momentos los paraísos momentáneos que nada le piden al paraíso celestial, quién no ha perdido la cabeza y hasta otras muchas cosas por el frenesí de un amor, de una caricia, o cuando menos, de una ilusión. Pero cuidado, no apostemos todo a la primera, hay que saber que con mucha facilidad se deja de sentir esa emoción de totalidad, y la ajenidad nos ronda por doquier. Paradójicamente, no hay puesta en acto de un sujeto sin la posibilidad de que para que sea tal, tiene que no realizarse, es decir, estar en carencia, el sujeto es, en cuanto posibilidad de estar, un ser nunca completo. Así, el sujeto conocido por tener la posibilidad de conocer al otro, viene a diluirse en que para que eso ocurra, necesita ser reconocido por el otro, pues no es suficiente que mire si no es mirado. Intersubjetividad que nos sitúa enfrente los unos con los otros siendo unos perfectos extraños, imposibles.

Un Resumen Provisional:
Aterrados ante la idea de que no exista nada, perdemos la gratitud de sostenernos cuando menos con esa nada, esa mentira, ese simulacro, el sujeto determinado por la red de significantes, constitución de un sujeto a partir de su confirmación en el otro; otro que tampoco queda exento de esa mortal dependencia, de esa confirmación vital. En esa búsqueda inútil, en esa felicidad exigua, el sujeto requiere de ese tesoro de significantes que le dé el pase al reino de lo transmisible, en suma, que le permita lanzarse a la vida, aun cuando en ese salto quede cada vez más cerca de su no-ser.
El sujeto en el origen incompleto se sumerge en el lenguaje buscando encontrar el edén, esa cadena interminable de signos, infructuosos sustitutos de la cosa, que nos deja permanentemente insatisfechos, anhelando la primera experiencia de satisfacción, en un eterno suplicio, condenado a la rueda de Ixionte, atado a la peña de Sísifo y sentenciados a la angustia de Tántalo, prometeicos héroes de ficción, alternativa engañosa que nos había prometido llevarnos al paraíso, la ciencia y su vasallo el logos.

Necios:
Volvemos repetidamente un eterno retorno, nuestras acostumbradas visiones de la realidad, del mundo que queremos, de deseo que se jacta de utilizar el saber para hacerse escuchar, para ser, nuestras acostumbradas maneras de dejar nuestra impronta de confusiones y de miedos, la inmensidad de impresiones que avasallan a nuestros tenues y limitados sentidos, que hacen que nos agarremos hasta de la mentira o de la verdad privada de una escucha de sordos. Así parece que el valor y el desprecio al cuerpo es la única manera de salir del embrollo de nuestra existencia. Aunque al final de cuentas no haya más destino que la transformación del cuerpo en polvo, en basura, en tierra pisada, hecha huella donde renacerá algún día posterior las nuevas instituciones ideales que harán que nos veamos otra vez diferentes y exclusivos, siempre con la ilusión de que podamos ser más que animales. A fin de cuentas, uno más de los tantos rostros de la pulsión.

Una Esperanza Metodológica:
No ha muerto la pregunta por el ser humano. No ha muerto, y necesita un urgente enfrentamiento que implique inclusión no-exclusión, lo subjetivo también es real.
La naturaleza humana no se ha agotado en sus definiciones, por el contrario, posee una actualidad candente, y se necesita propiciar un nuevo debate, que responda a cómo es que se llega a ser eso que llamamos “persona humana”.
Re-fundar la noción del hombre, ampliar la definición de hombre, más allá de animal racional, animal del lenguaje, animal que construye, además, animal que huye, es el camino idóneo que reafirma la diferencia dentro de la identidad, la multiplicidad dentro de unidad, el devenir dentro del ser del no-ser.
Es una labor de dar luz, y a esa labor nos tenemos que incorporar, de desvelamiento, de descrédito de nuestras verdades absolutas, de evidenciar la intentona de esa supuesta renunciar a ese estadio precoz en que se era uno con el otro, que nos pide el privilegio de acceder a la cultura, al estar los unos frente a los otros, la historia de una triste separación, de una perversión, de un hacernos adultos de pronto, nuestra historia, historias de un domeñar frustrado, porque, así como al jinete, si quiere permanecer sobre el caballo, a menudo no le queda otro remedio que conducirlo adonde éste quiere ir, también el yo suele trasponer en acción la voluntad del ello como si fuera la suya propia, de identidad, de diferenciaciones, de un adentro, de un afuera.

El Último Fragmento (La Desfragmentación Final), La Cruda Realidad:
Hoy día deseamos como nunca lenguajear sobre los espacio y determinar el lugar y la naturaleza que ocupan los actores, insistir en los mitos constitutivos, y convocar a los dioses, y al gran dios: La Ciencia, El Estado, La Ley, El Gran Otro, Las Otredades, La Razón, ÉL, que sigan dando cuenta de nuestra peculiar realidad en este mundo, que nos salven de la vorágine pulsional, que nos devuelvan la unidad perdida y recuperemos nuestra hermosura de los brazos de los mil rostros esquizofrénicos en que hemos convertido el armonioso binomio cuerpo-alma, que nos vuelvan a convencer que el paraíso existe, y que el infierno es una entelequia sin valor, que el amor es el reducto hegeliano que posibilita el lazo social.
Faltan más letras, la realidad se vuelve indescriptible, la angustia por no saber a qué le tememos, por no saber qué somos, posibilitan el hombre insustancial que resuma nuestras historias de lo que creímos ser.
Hace más de dos mil años que seguimos circulando en la conceptualización de la naturaleza humana descrita por Platón, sus diálogos se han agotado y no nos hemos dado cuenta. Hoy no podemos apelar a ese pasado glorioso, ni siquiera nuestros pensadores sobre cuestiones humanas y mundanas, pueden decir más, el hombre ha muerto, y su futuro se debate por un lado en revitalizar su evangelio humanista a ultranza, o esperar a otro Platón que nos rescate de las sombras de las cavernas.
El vacío paulatinamente se está convirtiendo en silencio, es ahora la “era del silencio”, parece ahora lejano del “hombre de la nada” definido por Nietzsche, quien al menos tenía “esa nada”, que construía su peculiar idea de mundo, donde los espacio eran lengujeados para soportar la extrañeza, el malestar que nos enunció Freud. Ante el silencio, ahora nos refugiamos en nosotros mismo, nos ensimismamos erigiendo nuestros cuerpos en un templo, éste último reducto, también se colapsa.
¿Hay acaso otro lugar que nos devuelva a nuestro sueño en vigilia, que haga que otra vez nos veamos exclusivos seres?, la caída de la unidad humana es predecible, y una convocatoria se hace urgente, la respuesta a la pregunta ¿qué somos? se hace esperar, y demanda inteligencia, astucia y terquedad. No es fácil la tarea que le dejamos a las nuevas generaciones, impotentes ¿Sólo nos resta desearles suerte? O ¿debemos seguir esperando que la locución latina, “homo homini lupus”, sea contradicha por un novedoso y ahora si eterno contrato social?
Penetrar en el enigma, siendo algunas veces Edipo, compartimos con él la misma encrucijada estructural, de ser seres atrapados en una interminable pregunta que no se responde más que la disolución del enigma, hombres:
“Animales que se pusieron en pie, que liberaron sus manos. Y cuya vida recorre un singular curso, una trayectoria peculiar que se inicia en el desvalimiento de una larga infancia, desde un nacimiento prematuro, para conquistar nuestra difícil condición y prolongarla patéticamente en la vejez, apoyada por múltiples báculos, frente a la certidumbre final de la muerte, que atenaza a los efímeros” (París, A. 1994).
¿Lo mejor es no preguntarse, y dejar que la corriente de la vida nos lleve a donde más le plazca, aun cuando sabemos a donde desemboca el río?
Pero la pregunta persiste, más ahora que estamos enfrente de aquella -pulsión- que no ha logrado domeñar la racionalidad, la añorada “civilización”. Se erige una pregunta sarcástica con una respuesta sabida, que no se quiere pronunciar mucho menos pensar: ¿Quién es el animal dotado de tales poderes, que amenaza con destruirse a sí mismo y aniquilar al par la vida sobre la tierra? Incontrolable Golem, que, sin ser visto ronda por todos los rincones del mundo, enturbiando la aparente vida tranquila del ciudadano, alejándonos del amor al prójimo, y condenándonos a la espera sacrificada para la obtención de una vida eterna, bella, buena y cierta. Se olvida de cuchichiarnos al oído para invitarnos a renacer, si queremos salvarnos, salvar la vida, ésta y no la otra: la carne, su dolor, su textura, su droga, su límite; y el alma, su ilusión, su no-existencia, su calor, el útero espiritual, y así, aunque no seamos judíos, protegernos.

La caída no es tan sola epistemológica, sino real, porque devela al ser en el no-ser.
En suma, como cultura, arquetipo que circula y se recrea en la conciencia de un sujeto colectivo, la moral, la razón, son de lo social, se recrean en la esclavitud de los otros cuerpos, aumentando el grosor de la piel, asumiendo el concepto como forma de vida. El hombre no puede ocultarse bajo esa vestimenta, y tarde o temprano, es él mismo, el de siempre, el que en la locura se presenta solo, mejor dicho, consigo mismo. El que necesita retirarse de vez en cuando a las montañas, y volver para emprender una vez más el intento de dejar su marca en los demás; círculo vicioso de la indiferencia, lucha por la unicidad, ser el gran Uno, el omnipotente que desde su solipsismo se vanagloria de su existencia, aun cuando solamente en los demás pueda encontrarse y ser.
Estos tiempos, donde al igual que una escena de la película Apocalypto, se recrea la muerte del otro como un sacrificio a los dioses, y perplejos vemos correr la sangre y el caer de los cuerpos separados de sus cabezas por doquier, donde “el bueno” y “el malo” intercambia posiciones, y nos recuperamos de la transvaloración que hicieron los esclavos, dejando al descubierto que simplemente “bueno” es el poderoso y “malo” el débil.
El advenimiento de la nueva era está en un tiempo por venir, y como consuelo debemos agotar al máximo la fe en la idea de mundo que construimos y al igual que las cruzadas debemos volver a nuestros lugares sagrados y defenderlos estoicamente, e iniciar una evangelización política y ética casa por casa, escuela por escuela, barrio por barrio, ciudad por ciudad, país por país; cuerpo por cuerpo, alma por alma, esperando volver a creer en nuestras mentiras, o solamente quemamos nuestras letras, nuestras vasijas, nuestras casas, nuestras instituciones, nuestros saberes, y esperáramos la salida del Nuevo Sol.
El hombre necesita que lo público, el encuentro entre humanos, sea un acto de honestidad, de amistad, de humanidad, de solidaridad; que sanemos de la enfermedad que ha lacerado la vida pública, que nos ha puesto en peligro de muerte, que ha sepultado la civilidad, el momento que alrededor del fuego comenzamos a diferenciarnos de las demás especies vivas, a platicar y en esa plática encontrarnos, y supimos que éramos algo especial, que teníamos voz, palabra, signos, que podríamos construir un mundo más hospitalario y confortable, donde fuéramos felices sin que nos devoráramos, sin apelar a un otro excluyendo a otros; pero esa enfermedad yoica, el narciso que habita en nosotros enmudeciéndonos, utilizando nuestros cuerpos para esclavizarnos incluso a quiénes le dijimos que los amábamos, la enfermedad del poder, que aun reconociendo que habita en nosotros algún tiempo anterior pudimos domesticarla, y hacerla cómplice de la construcción de éste mundo humano, que llamamos humanidad, y sentir al congénere, y comenzamos a llorar por su muerte, a arrullarlo al nacer, a tranquilizarlo del trauma del nacimiento, de esa impronta de ruidos, colores, voces, texturas que asustaban ese pequeño cuerpo sin palabra (in-fante), nacido prematuramente, con débiles sentidos, con una infancia prolongada, y un aprendizaje largo para hacerse con sí mismo, y juntos entre iguales poder ir resolviendo desde esa indefensión, y con la ayuda de un cerebro grande, los obstáculos que representaba sobrevivir en un principio, y posteriormente, el vivir en sociedad.
Pero hubo un momento en que separamos el nomo de la physis, que relativizamos el acuerdo entre los hombres, que dejamos de sentir al otro como un igual que necesitamos para continuar, para vivir bien y en paz, el hermano de sangre, el hermano de lucha, el hermano de fantasía, y decidimos volver al imperio del más fuerte, ahora ya no era el arma la fuerza física, sino la razón al servicio de la voluntad, al fin y al cabo, lo que necesitábamos ya lo habíamos inventando, el lenguaje, la ley, los conceptos culmen de la ilustración ahora puestos al servicio de una guerra entre inteligencias perversas y mezquinas; la palabra dada como una honra, se eclipsó con la palabra hipnótica de la mentira, y el hechizo del lenguaje nos volvió unos extraños en nosotros mismos, la abstracción nos alejó de nosotros mismos, cayendo en un vértigo narcótico de necesitar más palabras para describir a la cosa, al ser, cuando antes era tan simple acercarnos a ella con un sonido que nos acariciaba, un gesto, una señal, el poder de la mirada para hablar, para expresarnos, para decir mucho sin siquiera abrir la boca, el simple susurro que se deslizaba por los espacios que nos separaba, y que aparte de decirnos del otro algo importante, era como un bálsamo de caricias y bondades, de fraternidad; pero el ser se fue perdiendo entre más palabras, más signos, más significantes, y comenzamos a desconfiar del otro, incluso de uno mismo, caímos en la paranoia del desconocimiento del sí mismo de uno mismo, y todos nos volvimos enemigos de todos, la mirada desconfiada y estética dejó paso a la sonrisa como especie de mueca, al gesto ético que es más inmoral que moral porque se alimentó de esos deseos perversos inconscientes que se reprimieron sin nuestro consentimiento, en suma, que nunca pudimos cambiar nuestra gramática y nos condenamos a un eterno sufrimiento prometeico, una vida sin sentido, que exactamente se sostiene por un deseo sin objeto, una pulsión de muerte que domina paulatinamente al principio de placer y realidad.
Cómo revertir esa espiral pulsión de muerte, cómo escribir otra gramática, o cuando menos volver a recrear el acuerdo humano, volviendo frescos y deseables nuestros conceptos de lo humano, si ni siquiera el amor y la paz en que se tradujo el principio de placer la ha detenido, y el Edipo se diluye dejando de ser el dispositivo para el reconocimiento de la ley y el límite de lo permitido para no atentar a la cohesión social, a la genética, y la selección natural; estar en la cima de las especies vivas nos ha puesto en peligro, peleando contra fantasmas que tienen la ventaja de no existir pero si tiene el poder de hacer mucho daño, sostenernos con nuestra exclusividad de racionales y civilizados (pienso en un mínimo de tener modales en la mesa) es ahora una contradicción, y el tiempo corre en contra de nosotros mismos, ya no tenemos tiempos, porque la vorágine pulsional de muerte nos alcanza por doquier, y la muerte toca con más frecuencias nuestras puertas.
Mejor declarémonos imposibles, mejor confesemos nuestra impotencia y soledad, el mundo humano está en un proceso de expansión universal, la entropía nunca la pudimos contenerla, y las leyes físicas son también humanas, pensamos que el nomo era diferente de la physis, craso error que estamos pagando sus consecuencias, los puntos humanos se alejan en un proceso de expansión universal en que cada punto humano se alejan del otro punto humano y de los otros puntos humanos, la entropía social se presentifica en que la historia del hombre es la historia de sus guerras, incluso en lo singular, la historia de cada uno de nosotros se presentifica en nuestras particulares guerras, nuestras luchas por contener la pulsión sexual y violenta, el predominio de nuestro morbo por encima de nuestra mirada estética y cándida, entendemos que es la felicidad por los momentos de dolor y sufrimiento, el lado trágico predomina, la comedia es un rictus de dolor y sufrimiento, de desesperación, la compulsión a la repetición aumenta con un vértigo esquizofrénicos, las jaulas en que estamos encerrados en este inmenso zoológico en que se ha convertido el mundo, son insuficientes, catatónicos somos expectantes de nuestros deambulares erráticos e insanos, solos y en guerra nos dirigimos al fin de los mundos posibles.

A por el hombre educado:
Tiempos inmorales. Tiempos en el que corre libre la pulsión y los impulsos egoístas cubren los últimos terrenos de la civilidad humanizada. Tiempos de miedo, y lágrimas vertidas por nuestros seres queridos muertos o desaparecidos. Tiempos de desesperanza y de cortas visiones intelectuales. El fin del mejor de los mundos posibles se vislumbra cercano, y la muerte del hombre universal se hace evidente, el fin de las letras con que definíamos al hombre de la razón y la comunidad se percibe en la escasísima nueva bibliografía del "nuevo hombre" de la razón, y las cabezas humanas con altas sustancias de antidepresivos. A lo mucho, de vez en cuando, y cada día más espaciados, dejan caer los pensadores grotescas y sencillas consignas intelectuales hablando del hombre del vacío y de la nada.
El contubernio de la razón y el deseo queda como la única verdad, y el reducto donde refugiarse del sentimiento perdido de pertenencia. La pregunta por el sentido de la vida se pierde en vanaglorias incrédulas del placer del cuerpo, y los subterfugios del pensamiento para evadir su impotencia de pensarse desde otras coordenadas conceptuales.
Continuamos usando palabras como ética, moral, decencia, pureza, amor, paz, razón, democracia, civilidad, acuerdo, derecho, ley, etc., las palabras que sostenían nuestro marco simbólico y daban sustancialidad a nuestra idea de mundo y sociedad, nuestras palabras mágicas que no nos salvan del naufragio.
Pero detengámonos a hablar de una de esas palabras mágicas que arruinan el jolgorio de nuestro Dionisio, la palabra Ética, que la traemos arrastrando de burdel en burdel, y que sin percatarnos que sabemos qué significa nunca nos acordamos de ella, pero cómo recordarla si el intelecto está al servicio de la voluntad; que nuestro yo es un monarca que no puede evitar que nuestras pulsiones hablen y busquen objetos para envestirlos.
Pero cómo hacer que esas costumbres gobiernen nuestros apetitos, si costumbre no tiene el sentido de obligatoriedad o normatividad como en cierta forma lo concebía el mundo griego, hacer un hombre educado implicaría hacer que constituyera en su andamiaje espiritual la obligatoriedad, no necesitamos amenazar con el castigo para que sepamos que no debemos matar.
Es pertinente decir que los griegos crean el concepto de Paideia, refiriendo con ese concepto al hombre formado: su crianza, su instrucción, su educación, su ética, incluso, su estética, es decir, que la visión que tenía del hombre social ponía en juego en esa idea de hombre formado, la idea de un ser formado para lo social, para lo público, por eso era fundamental, no tan sólo proveer los conocimientos, marcos conceptuales, y moralidad, o sea la costumbre encaminada hacia lo bueno. Con el trasfondo de apreciar la dimensión moral (nomo) como se apreciaba la dimensión natural (physis), en el sentido de la inmutabilidad.
Se dice que fueron los sofistas quienes se opusieron a esta unidad, y en cierta forma, castraron la naturaleza humana, relegando el nomo, o sea, el mundo moral a una creación humana, y por lo tanto relativa. El deber ser, y hacer corrieron desde ese momento por sendas separadas. Queda pues darse cuenta que "las costumbres que integran lo que se denomina moralidad de un pueblo o de una época no son simples reiteraciones de determinadas formas de conducta, sino práctica a las que se hallan unida la convicción existente en quienes las realizan, de que lo normal, lo acostumbrado es al propio tiempo, lo obligatorio y debido", es pues "un urgente retorno a la physis del nomo: a propósito del orden social".
Hemos querido juntar mente y cuerpo, pensando que eso era posible, construirles las demandas al cuerpo, construirles sus fines, y pensamos que eso era posible, pero el cuerpo tiene sus propias demandas, su propia lógica, su propio infierno, su propio paraíso, y esto en demasiadas ocasiones son contrapuestas a la prótesis que hemos inventado y que llamamos: alma, sociedad, racionalidad, civilidad, humanidad, felicidad, verdad, bondad, Apolo, entre otros; pasamos desapercibido que ese contubernio entre el cuerpo y la mente no era posible. Incluso experimentamos falsas fórmulas para lograr tal conciliación, falsas esperanzas conceptuales, como que era posible una armoniosa relación entre lo público y lo privado, entre Creonte y Antígona, pensando que podríamos incorporar las diferencias sin anularlas, las razones privadas a las razones públicas; pero no, la voz de Antígona nunca fue escuchada, como la voz del cuerpo nunca fue bien interpretada, he ahí el fracaso de nuestra era, una era sorda y muda.
Hemos ocupado mucho tiempo en esa conciliación, en ese contubernio imposible, y la guerra la hemos perdido. Libramos una encarnizada lucha interna y externa, ontogenética y filogenética, y al final los auténticos señores de la guerra ha salido victoriosos: pasión, deseo, maldad, muerte, sexo, goce, Dionisio, Belcebú, Aqueronte, infierno, la nada. Y aun escudriñamos en los libros de nuestros ilustres y difuntos sabios: Platón, Aristóteles, Sócrates, Descartes, Kant, Locke, Rousseau, Hegel, las respuestas a nuestro fracaso; y si es posible seguir insistiendo en esa idea de hombre, mundo y sociedad que hemos defendido a ultranza, aunque a cada rato la realidad pulsional del animal llamado hombre nos escupa a la cara.
Dejemos de luchar contra nuestra naturaleza, los diques se rompieron, las olas tumultuosas de nuestras pulsiones azotan gran parte de nuestro cuerpo social e individual, vayamos a construirle una nueva teoría al hombre más acorde a su naturaleza, nunca podremos domeñarla, nuestra ingenuidad nos ha atrapado, Despierta alma dormida. Pero no es tarea fácil hacerla despertar. Acurrucada entre acolchados cobertores de dogmas, de consignas, de explicaciones, amodorrada de ciencia… ¡con qué escalofrío saca la punta del pie de su embozo para calibrar la temperatura glacial que reina allí donde la coherencia acaba y los razonamientos más razonables comienzan a enarbolar una sonrisilla demente! Vuelve a tu sopor, hasta que lo irremediable venga a buscarte, y te alcance.
Y ya nos alcanzó, los tiempos en que la letra entraba con sangre se acabaron, una nueva letra tiene que surgir de las cenizas de nuestra civilización, despertemos, tenemos enfrente el aciago demiurgo.
Pero esta historia no es reciente, puesto que tan pronto hacemos memoria, la historia del hombre ha sido la historia de sus guerras, de sus conflictos, de sus pasiones, de sus muertos, de sus locos héroes. La historia del hombre no es ilustre, es bárbara.
El filósofo alemán Johann Gottfried von Herder nos explicaba en su teoría del lenguaje, que los hombres comenzaron a asignarles sonidos a las cosas para comunicarse, y esos sonidos se convirtieron en palabras, en lenguaje.
Conforme se volvía problemática la vida humana, sus relaciones implicaban más cosas, las palabras se desprendieron de las cosas concretas, y pasaron a referirse a abstracciones con las que estábamos de acuerdo. Y así fuimos elevándonos del piso, hasta construir un mundo totalmente abstracto, hoy totalmente virtual.
La ficción se convirtió en real; y esas palabras cobraron vida, concreción, por eso dolían, alegraban, molestaban, construían, desplegaban nuestro dominio sobre el cuerpo y sobre la tierra. Con la tierra la relación era clara, porque ella no admitía apelación, cuando ha dicho que no, es no, y su autonomía es respetada y temida; pero en cuanto a lo que llamamos vida en sociedad, las cosas se complicaron, porque fuimos construyendo esos diques reprimiendo nuestro cuerpo, arrinconando nuestra naturaleza nómada a una gregaria, y la única manera de hacer real la ficción de la sociabilidad y la racionalidad era construirle una consciencia que le dictara esos parámetros conceptuales, un acuerdo a fuerza que le hiciera recordar y así respetar la palabra empeñada, pero a través de un terrible proceso de dolor y sufrimiento, la letra comenzó a entrar en nuestra memoria a sangre. El paraíso se pospuso a un tiempo posterior.

El Primado de la Complejidad:
Cuál era la visión clásica (aristotélica-platónica) del hombre, que es un compuesto de alma-cuerpo, y el primado del alma se impuso al primado del cuerpo, así que resumimos el acto de conocer a percibir y procesar eso percibido para provocar el acto de pensar, viene hacer Descartes quién establece el paradigma de la racionalidad a ultranza como la condición humana y la única certeza que nos garantiza la verdad, se impuso un solo camino para dar cuenta de esa naturaleza humana, habíamos pensado que el hombre era una máquina que sólo había que definir y delimitar sus procesos que articulan su funcionamiento, no nos habíamos dado cuenta que esa máquina era compleja muy diferente a complicado, era indefinida por su capacidad de autorregular su propia experiencia interna y externa a las condiciones cambiantes del mundo externo e interno, que el hombre es más que la suma de sus partes. El entresijo vino cuando pensando que habíamos descubierto el primado de su racionalidad, la experiencia histórica y epistémica nos hizo con la posmodernidad de fijar nuestra mirada en otros elementos que fuera hecho a un lado, y que contaban en demasía, la irrupción de un Freud con un sujeto del inconsciente que trastocó esa gaya y cómoda posición de un ser que operaba a través de la percepción-consciencia, y que trajo problemas a la certeza depositada en el cogito cartesiano, pues ahora debíamos dar cuenta de un cuerpo con dos almas, una consciente y otra inconsciente, o de un Marx reduciendo al hombre a un plus de ganancia dentro de un sistema económico que reproduce al sujeto necesario que posibilite al mismo sistema económico de explotación, y un Nietzsche haciendo un severa crítica al pensamiento occidental desde el primado schopenhaueriano del primado de la voluntad por encima de la razón.

El legado contemporáneo de una visión de la naturaleza monstruosa el hombre, un ser que ha utilizado la razón, a utilizado a la ciencia, ha utilizado el cuerpo, lo inconsciente para hacerse escuchar, para cumplimientos de deseos singulares, y que, si para ello tenía que construir grandes estructuras sociales y complejas, las construyó, si para ello tenía que inventar fantasías habitables, las inventó, si para ello tenía que hacer una historia de muertes y guerras, la hizo.
Construir una nueva narrativa que permita articular la esfera biológica con la esfera antropo-social del hombre es el reto de nuestros tiempos.
Ir más allá del sujeto de la modernidad construyendo una continuidad del pasado con el presente, enfocando la visión compleja del hombre y resignificar las bases conceptuales y epistémica implica actualizar el mundo aparente de las sombras y del semblante con el mundo real inefable y perturbador, la salida no es fácil pues implica incluso un trauma epistémico-psíquico al hombre, dejar de pensar desde hace más de 2000 años con los mismos referentes implica una caída, no un regreso al mito, o al lugar cómodo e irresponsable de la modernidad, aunque creo que no es posible volver al lugar donde fuimos felices porque simplemente ya no está.
Dice Kant que Hume lo despertó de un sueño dogmático, creo que, de igual forma, la teoría de la complejidad nos despertó del sueño dogmático del reduccionismo en que habíamos concebido la visión del hombre, la naturaleza humana ilustrada.
No podíamos continuar viendo una cara de la moneda, ni imaginar miles de caras inconexas que nos lleven a estructuras esquizofrénicas, la nueva visión del hombre tiene que ver con lo que resulte de interconectar esos miles de rostros, la multifactorialidad se hace emergente, aunque nos perdamos en la inmensidad, por lo que el reduccionismo filosófico se vuelve un anacrónico.
Si bien es cierto que la ciencia nos ha asegurado ciertas parcelas esclarecidas, la gran meseta de la naturaleza humana continúa naufragando entre rituales espiritistas y dogmas románticos que no llevan al mismo lugar; el lugar paradigmático de la racionalidad a ultranza, y dejamos lo principal la subjetividad.
Pensar ¿cómo es que llegamos a ser eso que somos?, es desvelar el proceso de alienación, construir los mitos constitutivos de la familia, lo social, el estado, alienación construida a través del miedo, el terror, la esperanza, el amor, y terminar por darnos dos paradigmas la religión y el científico, este último, un guiño al orden desde el ojo “objetivo” e “imparcial” el imperio del logos.
Epicuro fue callada su advertencia, el rechazo al desorden, en el principio era el desorden, el caos, y la deviación original inaugura el orden que se mantiene a través de la eternidad.
Un primer momento, el pensamiento especulativo, el mundo de lo imaginario, un segundo momento, el pensamiento científico, que a la postre otro dogma inservible para hablar de la naturaleza humana, y por último, el pensamiento complejo, un intento por superar la dialéctica reduccionista, podríamos decir que el existir con sus infinidad de experiencias singulares garantiza el pensar mismos, un deslizamiento del “pienso luego existo” a “existo luego pienso”.
Un pensamiento científico paralelo al capitalismo, una teoría de dominio, Marx lo resume, construye al sujeto necesario que le garantice el modo de explotación y dominio, se auto legitima al crear al sujeto revolucionario, el concepto de libertad, incluso el mismo socialismo creó un capitalismo de estado, por lo que no hubo tal revolución del proletariado, sino otro modo de dominio.
Esas contradicciones evidentes acerca del hombre como un sujeto psico-bilógico social, requiere exactamente la aportación del pensamiento complejo, y desvelar lo que está interrelacionado, reflexionar todos los fenómenos que existen sobre el mismo tema del hombre, por lo que no hay separación entre lo social y lo biológico, entre alma y cuerpo, entre lo subjetivo y lo objetivo, incluso entre la racionalidad y la pulsión, hay integración e interrelación. En suma, acercarnos a todo prolegómeno de una nueva teoría del hombre implica salir del paradigma cartesiano, pensar interrelacionando incorporando hasta el afuera sin caer en una contradicción, la real es racional y lo racional es real, la subjetivad es real, y lo real es subjetivo, lo objetivo es subjetivo, y lo subjetivo es objetivo nos llevará tarde que temprano a respondernos a cómo llegamos a conocer lo que se conoce.



CD/YC

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