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Noticias de la Conquista
Caen los mexicas y sube doña Marina
Sergio González Levet
Sep 20, 2019 / 12:53
Terminada la guerra con la caída de la ciudad más poderosa de nuestro mundo, el lenguaje de las armas cedió su sitio a las armas del lenguaje, y así mi señora, la princesa Malinalli Tenépatl, convertida ya en doña Marina, volvió a tener no sólo el lugar de excepción del que ha gozado durante los últimos dos años, sino un protagonismo relevante con las traducciones que hacía y los consejos que daba al Capitán General.

Y cuando nos referimos a las traducciones, no solamente pensamos en la translación de los lenguajes indígenas al castellano, sino en la explicación de la cosmogonía de los mexicas, la comprensión de las costumbres de estas tierras y el aprovechamiento de las emociones y las pasiones de las diferentes tribus que mal convivían por el yugo azteca.

Terminadas las acciones bélicas con el rendimiento del emperador Cuauhtémoc, empezó la guerra de la diplomacia con los ejércitos indígenas aliados, que superaban en gran número a las fuerzas españolas.

Marina sabía que un error de Cortés ante los tlaxcaltecas, o ante los aliados de poblaciones como Cholula, Chalco y Huejotzingo, podría dar al traste con la endeble preeminencia que mantenía el Capitán General, sostenida a fuerza de la voluntad de mando y de los presagios que lograba imbuir en los caciques de las tribus.

Sabemos y debemos consignarlo en aras de la objetividad y la imparcialidad que debe tener todo relator, que la princesa fue omisa en convencer a don Hernán de que parase las matanzas y las violaciones de mexicas, que seguían perpetrando los soldados blancos y los aliados de bronce, aunque ya se había rendido la ciudad y se habían bajado las armas en son de paz.

Los ocultos deseos de venganza de la princesa-niña, vendida por su padrastro con el consentimiento pasivo de su propia madre, seguían ardiendo en el corazón de Malintzin, y no encontraban sosiego ni con la destrucción del imperio más grande del mundo, y tal vez ni con la destrucción de nuestro mundo por completo. Así de complejo es el corazón de una mujer adolorida.

De todos modos, entre las atrocidades que seguían cometiendo los vencedores y la furia incontenida de los pueblos oprimidos, desde el primer día de la victoria el señor Malinche hizo sentir su obsesión por el orden legal y dio instrucciones para que se empezara a formar una administración que se encargaría de imponer el orden, organizar la limpieza y regresar la vida cotidiana a la enorme ciudad destruida.

Como un gran preámbulo, don Hernán Cortés ordenó que se hiciera un gran banquete, para celebrar el histórico triunfo…

El Chiltepín


CD/YC

* Las opiniones y puntos de vista expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de Cambio Digital.
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